El miedo corroía la piel de Érebo, que sentía su cabeza y su mente perdida en aquel mar de amor y dudas que se había vuelto Nyx. Sabía que no tenía nada que temer, que todo saldría bien, pero entonces tuvo aquella duda que todos hemos tenido alguna vez: ¿Y si no?
Así, tras una semana de nervios y desesperación, de sudores fríos y manos inquietas, de intentos de besos y ruborizaciones súbitas y furtivas, llegó el día 25 de Febrero, día en el que todo cambió para nuestro dios para siempre. Y todo por aquella diosa de la noche, por ese manto de estrellas, por esa oscuridad clara, por esa luz de la penumbra, por esos abismos que eran sus ojos que para nuestro protagonista no eran más que abiertos libros de sabiduría, de amor, y de calor frío.
Érebo se sentó al lado de la noche y, nervioso, agarró las intocables manos de la joven, nervioso. No podía evitar mirar la hora a cada segundo que transcurría en un lejano mundo que era el humano. 17: 25. Tragó saliva y miró aquellos ojos tan grandes y bonitos, aquellos ojos nocturnos y atractivos, mientras sentía las fuertes manos Thanatos empujándole hacia Nyx.
¿Que quién era Thanatos? Thanatos era el mejor amigo de Érebo, un amigo inexistente para el resto del mundo, un amigo que le empujaba a dar cada paso, un amigo que le hizo dar un beso en la frente a aquella chica, un amigo que le hacía razonar, un amigo que le hacía ser quien era.
17: 25. ¿Acaso no pasaba el tiempo? Estaba realmente nervioso, acercándose poco a poco a aquellos labios dulces que le llamaban por algún extraño motivo, aquellos dulces labios que por algún extraño motivo le llamaban.
Entonces sintió los labios, sintió el amor viajar a través de su aliento y entrar en su boca. Sintió a la noche entrando en él, de un modo apasionado. Y los nerbios le hicieron ser torpe, le hicieron equivocarse, le hicieron ser un desastre.
Ambos se separaron y ella le iluminó con su oscura sonrisa, más bonita que el crepúsculo. 17 : 26, la hora zero, el momento. "Hazlo tranquilo" susurraron los labios de Nyx, y el dios obedeció, dando todo lo que podía, haciéndolo bien esta vez, dispuesto a dar a la noche lo que la noche quería.
Y la pasión surgió. Las manos de uno recorrían al otro, las del otro al uno, recorriendo cada rincón del cuerpo ajeno, sin saltarse ninguna pena ni alegría, los labios dejaron de dar besos para ejercer otra batalla y las manos acariciaron la piel del otro.
Aquel día, 25 de Febrero, a las 17 : 26, Érebo supo que jamás, jamás querría separarse de su diosa. Y esta vez Thanatos no fue quién se lo dijo...